«Felipe II» redirige aquí. Para otras acepciones, véase Felipe II (desambiguación).
| Felipe II de España | |||
|---|---|---|---|
| Rey de España, Portugal, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, duque de Milán, soberano de los Países Bajos y duque de Borgoña, rey de Inglaterra e Irlanda iure uxoris | |||
| Rey de España, Sicilia y Cerdeña | |||
| 16 de enero de 1556-13 de septiembre de 1598 (42 años y 240 días) | |||
| Predecesor | Carlos I | ||
| Sucesor | Felipe III | ||
| Rey de Portugal | |||
| 12 de septiembre de 1580-13 de septiembre de 1598 (18 años y 1 día) | |||
| Predecesor | Enrique I | ||
| Sucesor | Felipe III | ||
| |||
| Información personal | |||
| Tratamiento | Su Católica Majestad | ||
| Nacimiento | 21 de mayo de 1527 Valladolid, Castilla | ||
| Fallecimiento | 13 de septiembre de 1598 (71 años) San Lorenzo de El Escorial, Castilla | ||
| Sepultura | Cripta Real del Monasterio de El Escorial | ||
| Religión | Catolicismo | ||
| Apodo | El Prudente | ||
| Familia | |||
| Casa real | Habsburgo | ||
| Padre | Carlos I de España | ||
| Madre | Isabel de Portugal | ||
| Consorte | María Manuela de Portugal (matr. 1543; viu. 1545) María I de Inglaterra (matr. 1554; viu. 1558) Isabel de Valois (matr. 1559; viu. 1568) Ana de Austria (matr. 1570; viu. 1580) | ||
| Hijos | Véase Matrimonios e hijos | ||
| Firma | |||
Felipe II de España, llamado «el Prudente» (Valladolid, 21 de mayo de 1527-San Lorenzo de El Escorial, 13 de septiembre de 1598), fue rey de España[d] desde el 15 de enero de 1556 hasta su muerte; de Nápoles y Sicilia desde 1554; y de Portugal y los Algarbes —como Felipe I— desde 1580, logrando una unión dinástica que duró sesenta años. Fue asimismo rey de Inglaterra e Irlanda iure uxoris, por su matrimonio con María I, entre 1554 y 1558.
Fue hijo y heredero de Carlos I de España e Isabel de Portugal, hermano de María de Austria y Juana de Austria, nieto por vía paterna de Juana I de Castilla y Felipe I de Castilla, y de Manuel I de Portugal y María de Aragón por vía materna. Felipe heredó el Imperio español de su padre en 1556 y ascendió al trono portugués en 1580 tras una crisis dinástica, formando la Unión Ibérica. Las conquistas españolas del Imperio inca y de Filipinas, nombradas en su honor por Ruy López de Villalobos, se completaron durante su reinado. Terminó de construir el palacio real de El Escorial en 1584. Bajo Felipe II, España alcanzó la cima de su influencia y poder, avanzando hacia el Siglo de Oro español y gobernó territorios en todos los continentes conocidos entonces por los europeos. Profundamente devoto, Felipe se veía a sí mismo como el defensor de la Europa católica contra el Imperio otomano y la Reforma protestante, e invirtió la hegemonía europea de España en múltiples esfuerzos bélicos simultáneos.
Durante su reinado, España participó en grandes victorias contra los otomanos en Orán, Malta y Lepanto. En 1584, durante la guerra de los Ochenta Años, Felipe firmó el Tratado de Joinville, financiando la Liga Católica Francesa durante la década siguiente contra los hugonotes franceses. En 1588 envió la posteriormente conocida como «Armada Invencible» para invadir la Inglaterra protestante, con el objetivo estratégico de derrocar a Isabel I y restablecer el catolicismo allí, pero su flota fue rechazada en una escaramuza y naufragó por las tormentas en su retorno a España. El poder naval de Felipe se recuperó después de la fallida invasión de la Invencible Inglesa en 1589, de un tamaño similar a la anterior invencible española. También se consideró, pero no se realizó un ambicioso plan para extender sus conquistas a China y a través de Asia. Como consecuencia de estos conflictos, Felipe lideró un régimen en profunda deuda pública, llegando a declarar bancarrotas en 1557, 1560, 1569, 1575 y 1596.
Murió el 13 de septiembre de 1598 a los setenta y un años de edad, en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, para lo cual se hizo llevar desde Madrid en una silla-tumbona fabricada para tal ocasión. Su muerte puso fin a un reinado en el que la Monarquía Hispánica alcanzó su apogeo y llegó a ser la primera potencia de Europa. Por primera vez en la historia, un imperio integraba territorios de todos los continentes habitados y en las costas de todos los océanos.
Desde su muerte fue presentado por sus defensores como arquetipo de virtudes, y por sus enemigos como una persona fanática y despótica. Esta dicotomía entre la leyenda blanca o rosa y leyenda negra fue favorecida por sus propios actos, ya que se negó a que se publicaran biografías suyas en vida y ordenó la destrucción de su correspondencia, y jamás se defendió de la propaganda enemiga. Como resultado, el hispanista Helmut Koenigsberger escribiría de él que:
No ha habido, quizás, personaje de la historia moderna, ni siquiera Napoleón o Stalin, tan enigmático y controvertido como Felipe II de España... ni sus contemporáneos ni historiadores posteriores se ponen de acuerdo sobre su personalidad, sus objetivos o incluso cuánto éxito tuvo.Helmut Koenigsberger, 1986.
Legado

Bajo Felipe II, España alcanzó la cúspide de su poder. Sin embargo, a pesar de las grandes y crecientes cantidades de oro y plata que fluían a sus arcas procedentes de las minas americanas, las riquezas del comercio de especias portugués y el entusiasta apoyo de los dominios de los Habsburgo a la Contrarreforma, nunca logró reprimir el protestantismo ni derrotar la rebelión holandesa. A principios de su reinado, los holandeses podrían haber depuesto las armas si él hubiera desistido de intentar reprimir el protestantismo, pero su devoción al catolicismo no se lo permitió. Era un católico devoto y exhibió la típica antipatía del siglo XVI por la heterodoxia religiosa; afirmó: «Antes de sufrir el más mínimo daño a la religión al servicio de Dios, perdería todas mis propiedades y cien vidas, si las tuviera, porque no pretendo ni deseo ser gobernante de herejes».[46]
En su afán por imponer la ortodoxia católica mediante la intensificación de la Inquisición, se prohibió a los estudiantes estudiar en otros lugares y se prohibieron los libros impresos por españoles fuera del reino. Además de la prohibición de libros, Felipe II autorizó la quema de al menos 70.000 volúmenes.[47] Incluso un clérigo muy respetado como el arzobispo de Toledo Bartolomé de Carranza fue encarcelado por la Inquisición durante 17 años por publicar ideas que parecían simpatizar en cierto grado con el protestantismo. Esta estricta imposición de la creencia ortodoxa tuvo éxito, y España evitó los conflictos de inspiración religiosa que desgarraron otros dominios europeos (como Francia, Países Bajos o Alemania, entre otros).
Aunque se dedicó profundamente a erradicar los títulos heréticos, recopiló libros prohibidos para su propia biblioteca real en El Escorial. Su biblioteca contenía 40.000 volúmenes (1.800 de los cuales eran títulos árabes) y varios miles de manuscritos.[47] Los libros prohibidos se resguardaban en una sala en la planta superior de la biblioteca. Le apasionaban los libros raros que coleccionaba personalmente de todas partes e investigaba y registraba información sobre sus antiguos propietarios.[47]
La Escuela de Salamanca floreció bajo su reinado. Martín de Azpilcueta, muy venerado en Roma por varios papas y considerado un oráculo del saber, publicó su Manuale sive Enchiridion Confessariorum et Poenitentium (Roma, 1568), un texto clásico durante mucho tiempo en las escuelas y la práctica eclesiástica. Francisco Suárez, considerado generalmente el mayor escolástico después de Tomás de Aquino y considerado durante su vida como el mayor filósofo y teólogo vivo, escribió y dio conferencias, no solo en España, sino también en Roma (1580-1585), donde el papa Gregorio XIII asistió a la primera conferencia que impartió. Luis de Molina publicó su De liberi arbitrii cum gratiae donis, divina praescientia, praedestinatione et reprobatione concordia (1588), en donde expuso la doctrina que intentaba reconciliar la omnisciencia de Dios con el libre albedrío humano y que llegó a conocerse como molinismo, contribuyendo así a lo que fue uno de los debates intelectuales más importantes de la época; el molinismo se convirtió en la doctrina jesuita de facto sobre estos asuntos, y todavía es defendida hoy por William Lane Craig y Alvin Plantinga, entre otros.
Felipe era un apasionado de la arquitectura y la construcción, y buscaba mejorar las construcciones de España tras las de Italia y los Países Bajos. Al mismo tiempo, apreciaba los campos y los bosques, dedicándose con frecuencia a la caza y la pesca, y era un ávido constructor de jardines. En 1582, ordenó la conservación de los bosques españoles, preocupado por su posible agotamiento. Según el historiador Henry Kamen, «su amor por la naturaleza lo convirtió en uno de los primeros gobernantes ecologistas de la historia europea».[48]

Debido a que Felipe II fue el monarca europeo más poderoso en una era de guerra y conflicto religioso,[49] evaluar tanto su reinado como al hombre mismo se ha convertido en un tema histórico controvertido.[50] Incluso antes de su muerte en 1598, sus partidarios habían comenzado a presentarlo como un caballero arquetípico, lleno de piedad y virtudes cristianas, mientras que sus enemigos lo describieron como un monstruo fanático y despótico, responsable de crueldades inhumanas y barbarie.[51] Esta dicotomía, desarrollada posteriormente en la llamada Leyenda negra española y Leyenda Rosa, fue impulsada por el propio rey Felipe. Felipe prohibió que se publicara cualquier relato biográfico de su vida mientras estuviera vivo y ordenó que toda su correspondencia privada fuera quemada poco antes de morir.[52]
Además, Felipe no hizo nada para defenderse tras ser traicionado por su ambicioso secretario Antonio Pérez, quien publicó increíbles calumnias contra su antiguo amo; esto permitió que las historias de Pérez se extendieran por toda Europa sin oposición.[53] De esta manera, la imagen popular del rey que sobrevive hasta nuestros días se creó en vísperas de su muerte, en un momento en que muchos príncipes y líderes religiosos europeos se oponían a España, considerada un pilar de la Contrarreforma. Esto significa que muchas historias representan a Felipe desde puntos de vista profundamente prejuiciosos, generalmente negativos.[54]
Algunos historiadores clasifican este análisis antiespañol como parte de la Leyenda Negra. En un ejemplo más reciente de la cultura popular, la representación de Felipe II en Fuego sobre Inglaterra (1937) no resulta del todo insensible; se le muestra como un gobernante muy trabajador, inteligente, religioso y algo paranoico, cuya principal preocupación es su país, pero que desconocía a los ingleses, a pesar de su antigua co-monarquía allí.
Incluso en países que permanecieron católicos, principalmente Francia y los estados italianos, el miedo y la envidia por el éxito y la dominación española generaron una amplia receptividad a las peores descripciones posibles de Felipe II. Si bien se han hecho algunos esfuerzos por separar la leyenda de la realidad,[55] dicha tarea ha resultado extremadamente difícil, ya que muchos prejuicios están arraigados en el patrimonio cultural de los países europeos. Los historiadores hispanohablantes tienden a evaluar sus logros políticos y militares, a veces evitando deliberadamente cuestiones como el catolicismo inflexible del rey.[56] Los historiadores de habla inglesa tienden a mostrar a Felipe II como un gobernante fanático, despótico, criminal e imperialista,[57] minimizando sus victorias militares (Batalla de Lepanto, batalla de San Quintín, Toma de Amberes, Invencible Inglesa, etc.) a meras anécdotas, y magnificando sus derrotas (Batalla de Los Gelves, Conquista turca de Túnez, guerra de Flandes, Armada Invencible,[58] etc.) aunque en su momento esas derrotas no resultaron en grandes cambios políticos o militares en el equilibrio de poder en Europa.
Puso fin a las ambiciones de los Valois franceses en Italia y propició el ascenso de los Habsburgo en Europa. Frenó el avance del protestantismo hacia el sur de Europa y el peligro de una nueva invasión musulmana de la península ibérica. Consolidó el reino y el imperio portugueses. Tenía un servicio postal y de inteligencia muy rápido y eficaz, lo que le convirtió en el hombre mejor informado de Europa en esa época. Logró aumentar la importación de plata frente a los corsarios ingleses, holandeses y franceses, superando múltiples crisis financieras y consolidando el Imperio español de ultramar. Aunque los enfrentamientos continuarían, puso fin a la gran amenaza que representaba la Armada Otomana para Europa.
Tradicionalmente la historiografía española ha considerado a Felipe II como el último de los Austrias mayores, en contraposición a los Austrias menores (Felipe III, Felipe IV y Carlos II), que representarían la «decadencia española».[59][60]
El historiador Geoffrey Parker ofrece una explicación psicológica de la gestión del rey Felipe, tal como la resumen Tonio Andrade y William Reger:
Cabría esperar que Felipe, hombre dedicado, perseverante y trabajador, y líder del imperio más grande y rico de Europa Occidental, hubiera tenido éxito en sus objetivos. No fue así. Sus esfuerzos estaban condenados al fracaso por su propio carácter, o al menos así lo ve Parker. Basándose en estudios de ciencias de la administración y psicología organizacional, Parker argumenta que un gerente exitoso de una gran organización debe mantener la atención en el panorama general, tener una buena estrategia para gestionar la gran cantidad de información, saber delegar y ser flexible. Felipe fracasó en todos los aspectos. Era un microgestor que se empantanaba en los detalles, se negaba a delegar e intentaba leer todos los despachos que llegaban a su escritorio. Se obsesionaba y vacilaba, de modo que, para cuando tomaba sus decisiones y sus órdenes llegaban a los hombres que debían ejecutarlas, la situación sobre el terreno había cambiado. Felipe también era inflexible, reacio a abandonar políticas ineficaces. Lo más pernicioso de todo fue la tendencia de Felipe hacia el pensamiento mesiánico, la creencia de que estaba haciendo la obra de Dios y que el cielo lo apoyaría con milagros.
EPÓNIMO :
Filipinas —oficialmente la República de Filipinas (en tagalo: Republika ng Pilipinas)— es un país insular (véase archipiélago) situado en el Sudeste Asiático, sobre el océano Pacífico. Su capital es Manila y su ciudad más poblada es la Ciudad Quezón.[5][6] Al norte se encuentra separado de la isla de Taiwán por el estrecho de Luzón; al oeste se halla el mar de la China Meridional y Vietnam; al suroeste, Borneo; al sur, el mar de Célebes lo separa de otras islas de Indonesia, y al este limita con el mar de Filipinas.[7][6] Su ubicación en el cinturón de fuego del Pacífico y su clima tropical lo convierten en un lugar propenso a terremotos y tifones.[8][9][5] El país es rico en recursos naturales y se encuentra en una de las zonas con mayor biodiversidad del mundo.[10][11][12] Está formado por 7.107 islas que se clasifican geográficamente en tres grupos: Luzón, las Bisayas y Mindanao.[7]
Filipinas tiene una población estimada de 115.8 millones de habitantes de acuerdo con el censo del 2024; es el 12.º país más poblado del mundo sin tener en cuenta a los 12 millones de filipinos que viven en el extranjero.[13] Varias etnias y culturas conviven en el contexto de todas sus islas.[6][14] Catalogado como un país recientemente industrializado,[6] su economía continúa el constante crecimiento que inició desde su independencia.[2] Las reformas económicas implementadas a inicios del siglo XXI lograron que el sector servicios desplazara a la agricultura como la principal actividad económica, y ahora este aporta más de la mitad del PIB.[15] Sin embargo, aún enfrenta diversos retos en la infraestructura: la falta de desarrollo en el sector turístico, la educación, la atención sanitaria y el desarrollo humano.
En tiempos prehistóricos, los negritos fueron algunos de los primeros habitantes del archipiélago,[16][17] seguidos por oleadas sucesivas de pueblos austronesios que trajeron consigo tradiciones y costumbres de Malasia, India y el mundo islámico, mientras que el comercio introdujo algunos aspectos culturales chinos.[18][19][20][21] Estos establecieron los primeros reinos insulares gobernados por Datus, Rajas o Sultanes.[22][23]
En 1521, la llegada del explorador Fernando de Magallanes —portugués al servicio de España— marcó el comienzo de una era de influencia y posterior dominio español.[24][25][26] Miguel López de Legazpi estableció el primer asentamiento español en Filipinas en 1565, con la fundación de Cebú.[27][28] En 1571 fundó la ciudad de Manila, que se convertiría en el centro administrativo y económico del Imperio español en Asia y puerto de partida del galeón de Manila con destino Acapulco.[29][30][31] Filipinas fue gobernada por el Virreinato de Nueva España centrado en México antes de que se decretara el gobierno directo después de la independencia de México.[32][33] Tres siglos de influencia española dieron lugar a una cultura hispano-asiática, patente en el arte, música, gastronomía y costumbres de Filipinas, en especial su religión católica.[34][35] También surgió una variante filipina del idioma español, que floreció en la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX.[36][37]
A finales del siglo XIX estalló la Revolución filipina, apoyada por Estados Unidos, y posteriormente la guerra hispano-estadounidense que dio lugar a la cesión de las islas por España a EE. UU. en 1898.[38][39] Las desavenencias entre la nueva República Filipina y EE. UU. desembocaron en la guerra filipino-estadounidense que acabó con la victoria estadounidense en 1903. De esta forma, Estados Unidos reemplazó a España como potencia dominante.[40][41][42] A excepción del periodo de ocupación japonesa, los estadounidenses mantuvieron la soberanía sobre las islas hasta el final de la Segunda Guerra Mundial en 1946.[43] Desde la independencia, el país atravesó varias crisis políticas que sirvieron para definir las características de una república constitucional.[7][44][45][46]
El legado de los distintos periodos históricos se refleja en la actual cultura del país, que es una combinación de lo indígena prehispánico con elementos chinos y la cultura hispánica, debido a tres siglos de presencia española.[47] Esta cultura mestiza está presente en la gastronomía, en la música, los bailes y el arte filipino.[48] El carácter hispánico es más evidente en su religión católica, en su legado arquitectónico, en especial las iglesias y casas de estilo español, en muchos topónimos del país, en nombres y apellidos[49][50] e incluso en la moneda. Finalmente, la herencia de Estados Unidos perdura con el idioma inglés y con una mayor afinidad con la cultura popular.[51]
Etimología
Antes de adquirir su denominación actual, se utilizaron otros nombres para referirse al país como «Islas del Poniente» y «San Lázaro», ambos otorgados por Fernando de Magallanes.[52][53][54][55][56] El vocablo «Filipinas» deriva del nombre del rey Felipe II de España. Durante una expedición en 1542, el explorador español Ruy López de Villalobos bautizó las islas de Leyte y Sámar como «Felipinas» en honor al entonces Príncipe de Asturias. Finalmente, el nombre fue alterado y la denominación de «Islas Filipinas» pasó a referirse a todas las islas del archipiélago. El nombre oficial de Filipinas ha cambiado varias veces en el transcurso de su historia. Durante la Revolución filipina, el Congreso de Malolos proclamó el establecimiento de la «República Filipina». Con la colonización estadounidense y la introducción de la lengua inglesa, el nombre oficial del país se tradujo al nuevo idioma predominante, Republic of the Philippines. De esta forma, desde su independencia, el nombre oficial ha sido la «República de Filipinas», sin anteponer el «las» que resulta de la traducción literal del nombre.[57]
Historia
Prehistoria y época prehispánica

Hasta hace poco, se pensaba que los restos humanos más antiguos hallados en el archipiélago filipino correspondían al hombre de Tabon —con una antigüedad de 22 000 a 24 000 años—,[58][59] pero fueron reemplazados por el metatarso del hombre de Callao, que según el método del uranio–torio tiene 67 000 años de antigüedad.[60] Los negritos estuvieron entre los primeros habitantes de las islas, pero la fecha de su aparición aún se desconoce.[16] Durante el año 13.000 a. C., se produjo el asentamiento austroasiático, cuando vagaban por la masa terrestre prehundida de Sondalandia, de la que Filipinas es un remanente de isla postdiluviano, como se detectó en los genes de los pueblos manobo y sama.[61] Simultáneamente con esto, fue la expansión hacia el oeste de la raza papuana como se detectó en la genética de Blaan y Sangil.[61] Alrededor del año 3000 a. C., después de que los casquetes polares se derritieran, los marineros austronesios, que forman la mayoría de la población actual, emigraron hacia el sur desde Taiwán. Hacia el año 1 d. C. hasta la época prehispánica también hubo una inmigración del sur de Asia limitada, como se encuentra en el ADN del grupo étnico Dilaut.[61] Para el año 1000 a. C., los habitantes del archipiélago se habían organizado en cuatro tipos de grupos sociales: las tribus de cazadores-recolectores, sociedades guerreras, plutocracias pequeñas y principados con centro en los puertos marítimos.[62]
En el transcurso de los siguientes siglos, el comercio con los pueblos marítimos y otros países asiáticos trajo consigo la influencia del islam, el budismo y el hinduismo. Durante este tiempo no hubo ningún Estado político unificador que abarcara todo el archipiélago filipino. En su lugar, las islas estaban divididas entre varias talasocracias que a menudo luchaban entre sí, gobernadas por varios datus, rajás o sultanes. Entre ellos estaban los reinos de Manila, Namayan y Tondó; politias de Cainta, Ma-i, Sandao, y Pulilu; kedatuanos de Dapitan y Madja-as; los rajanatos de Cebú, Butuan, y Sanmalan; y los sultanatos de Lanao, Maguindanao, y Sulú.[18][63][64][65] Algunas de estas sociedades fueron parte de los imperios malayos de Srivijaya, Madjapahit y Brunéi.[66][67] El islam llegó a Filipinas por medio de comerciantes y algunos proselitistas provenientes de Malasia e Indonesia.[19] De este modo, en el siglo XV el islam se estableció en el archipiélago Sulú, y se tiene constancia de que en 1656 ya había alcanzado Mindanao, Luzón y las Bisayas.[68] Los reinos filipinos estaban divididos y escasamente poblados. Esto se debió a las constantes guerras entre reinos[69] y la frecuencia común de los desastres naturales.[70] Algunos filipinos (Luzones) comerciaron, se establecieron y lucharon en el sur, sureste y este de Asia.[71]
Dominación española

En 1521, el explorador portugués Fernando de Magallanes llegó a Filipinas y tomó posesión de las islas para España.[24] La conquista comenzó en 1565, cuando el explorador español Miguel López de Legazpi llegó desde la Nueva España y fundó el primer asentamiento español en la actual Cebú. En 1571, después de tratar con las familias reales nativas durante la conspiración de Tondó y derrotar a la tripulación del pirata chino Limahong, los españoles establecieron en Manila la capital de Filipinas y de las Indias Orientales Españolas.[72][29]

El dominio español significó la unidad política del archipiélago por primera vez en su historia. Desde 1565 hasta 1821 la Capitanía General de Filipinas dependió del Virreinato de la Nueva España con sede en Ciudad de México y después de la guerra de Independencia de México, se administró directamente desde Madrid. Desde esta misma Capitanía, España controlaba otros de sus territorios en el Pacífico, entre ellos Guam, Palaos, las Islas Carolinas y las Islas Marianas.[73] Entre los siglos XVI y XIX, el galeón de Manila comunicó la capital de Filipinas con Acapulco, Nueva España; realizando uno o dos viajes al año en ambos sentidos. La leva de soldados para la guarnición de Filipinas se realizaba predominantemente por novohispanos como mayoría de los pobladores enviados a Filipinas.[74] Debido a las constantes guerras que producían escasas ganancias, el mantenimiento de Filipinas dependió de los situados de plata, provenientes en su mayoría de la mina de Potosí, entonces bajo la jurisdicción del Virreinato del Perú (y posteriormente, a partir de 1776, del Virreinato del Río de la Plata). El comercio transpacífico introdujo en el archipiélago alimentos como el maíz, el tomate, la patata, el chile y la piña, todos procedentes de América.[29] Los misioneros católicos convirtieron a la mayoría de los habitantes al cristianismo y fundaron escuelas, universidades y hospitales. Aunque el cristianismo era oficial, permitía grados de sincretismo religioso con otras religiones. Los españoles también llevaron a Filipinas el arado, la imprenta, el reloj y la construcción en piedra. Un decreto español de 1863 estableció la educación pública gratuita en el país por primera vez, lo que dio lugar a altos índices de alfabetización.[75]

Durante el periodo de gobierno español, las fuerzas hispanas y los indígenas leales lucharon contra varias rebeliones internas y múltiples ataques externos de piratas chinos, de neerlandeses y portugueses: son especialmente destacables los Combates de Cagayán (1582), que enfrentaron a los famosos Tercios españoles contra piratas y ronins japoneses. En una extensión de los combates de la guerra de los Siete Años, fuerzas británicas ocuparon brevemente la ciudad de Manila tras una dura batalla. Las fuerzas británicas encontraron aliados como Diego y Gabriela Silang, que aprovecharon la oportunidad para liderar una revuelta, hasta que el gobierno español fue finalmente restaurado tras el Tratado de París de 1763.[19][76][77]Los españoles que una vez libraron una guerra contra los musulmanes en la patria, conocida como la Reconquista, dividieron a los filipinos paganos y musulmanes entre sí. Los españoles extendieron la guerra contra el Islam en Europa en la Reconquista, al Islam que se encuentra en Filipinas.[78] El conflicto hispano-moro duró varios cientos de años. En el último cuarto del siglo XIX, España conquistó porciones de Mindanao y los musulmanes moros en el Sultanato de Sulu, reconocida formalmente la soberanía española.

En el siglo XIX, los puertos filipinos se abrieron al comercio mundial y se produjeron cambios en la sociedad filipina. A principios de siglo comenzó a sentirse la influencia de los movimientos independentistas sudamericanos. El 1 de febrero de 1818 arribó Hipólito Bouchard, corsario de las Provincias Unidas del Río de la Plata, a bordo de la fragata La Argentina. Durante dos meses mantuvo bloqueada la bahía de Manila, cerrando además el estrecho de San Bernardino.[79] En este período, varios españoles nacidos en Filipinas (criollos) y los de ascendencia mixta (mestizos) se hicieron ricos. La afluencia de colonos españoles peninsulares e hispanoamericanos[80] disminuyó el poder de la Iglesia y abrió algunos puestos en el gobierno, tradicionalmente ocupados por los españoles nacidos en la península ibérica (peninsulares). Inspirado por las guerras de independencia hispanoamericanas, hubo un levantamiento del efímero emperador Andrés Novales, apoyado por oficiales hispanoamericanos degradados del ejército filipino de habla hispana, que se habían opuesto a la supuesta desigualdad impuesta por los peninsulares.[81] Los ideales de la revolución también comenzaron a extenderse a través de las islas. La insatisfacción de los criollos resultó en la revuelta de Cavite El Viejo en 1872, una de las precursoras de la revolución filipina.[


No hay comentarios:
Publicar un comentario