sábado, 24 de octubre de 2026

PERSONAS MONÓNIMAS

 

Trasilo (griego antiguo Θράσυλλος, Θράσυλος; muerto en 406 a. C.) fue un strategos (un «general») y político ateniense que alcanzó gran relevancia política en los últimos años de la guerra del Peloponeso. Apareció por primera vez en la vida política ateniense en 411 a. C., poco antes del golpe de Estado del año 410 a. C., y desempeñó un importante papel en la organización de la resistencia de la facción democrática. En concreto, Trasilo se encargó de preparar una flota ateniense en Samos. Ahí fue elegido strategos por los soldados y marineros de la flota, y mantuvo ese cargo hasta que fue ejecutado tras la batalla de Arginusas.

Tras el golpe de Estado

Trasilo ocupaba un mero rango de hoplita en 410 a. C., cuando los revolucionarios de la oligarquía ateniense conspiraron junto con sus colegas de Samos para organizar un golpe de Estado conjunto en ambas localidades. Sin embargo, fue uno de los cuatro atenienses (los otros tres fueron Trasíbulo, León y Diomedonte) a los que acudieron los demócratas de Samos en busca de ayuda frente al golpe.[1] Estos cuatro líderes fueron capaces de abortar el golpe de Estado de Samos, aunque el de Atenas sí que se produjo, dejando a la flota controlada por los demócratas y en oposición a su ciudad madre, controlada por los oligarcas. En los acontecimientos que se fueron produciendo, los generales de Samos fueron depuestos por los soldados y los marineros de la flota, y Trasíbulo y Trasilo fueron elegidos para reemplazarles.[2]

Trasilo continuó manteniendo la posición de strategos durante varios años y a través de una serie de campañas militares. Después de los acontecimientos de 410 a. C., dirigió una flota ateniense para atacar las ciudades rebeldes de Lesbos. Sin embargo, mientras que hacía eso permitió que el almirante espartano Míndaro pasase a través de su posición para llegar al Helesponto con la flota espartana (lo cual, según la valoración del historiador Donald Kagan, habría sido un error estratégico por parte de Trasilo).[3] Trasilo persiguió a Míndaro con su flota, que combinó con otros destacamentos atenienses de Sestos. Desde ahí, los atenienses, con Trasíbulo al mando del contingente global, navegaron al Helesponto y derrotaron a Míndaro en la batalla de Cinosema, poniendo fin a la crisis. Trasilo, tanto en esta batalla como en la posterior victoria ateniense en la batalla de Abidos, estuvo al mando de un ala de la flota, pero luego se descolgó de la flota principal con un destacamento. Después de su partida Trasíbulo, Terámenes y Alcibíades destruyeron a Míndaro y a su flota en la batalla de Cícico.






Juan de los Santos Castellanos Rojas[1] (Callao, 1 de noviembre de 1959-Callao, 21 de junio de 2008), conocido por su nombre artístico, el Tripita, o también como el Tripa, fue un comediante peruano. Alcanzó reconocimiento por haber consolidado su carrera artística como cómico ambulante, en el cual logró participar en programas humorísticos en su país durante los años 1990.

Biografía

Nació el 1 de noviembre de 1959 en Callao, bajo el nombre completo de Juan de los Santos Castellanos Rojas.[2]

Proveniente de una familia de clase baja, comenzó su carrera artística a los nueve años como artista de circo por la intervención de sus padres, mostrando su talento heredado de ambos.[3]

A partir de los años 80, inicia su etapa como cómico ambulante bajo el nombre artístico de Tripita, presentándose en la Plaza San Martín, en el cual Castellanos añadió un nuevo estilo cómico dentro de sus monólogos y chistes llamado «humor callejero», convirtiéndose así en uno de los pioneros de la comedia popular peruana.[4]En una entrevista para el pódcast B&H, el comediante José Luis Cachay consideró a Tripita como «el maestro de los cómicos ambulantes», debido por la excelencia de su trayectoria artística.[5] Durante esa etapa, Tripita compartió escenario con el también humorista Manolo Rojas.[6]

Pero fue gracias a Augusto Ferrando quién lo invitó a concursar en el segmento El ambulante de la risa de su programa Trampolín a la fama en el año 1991, consagrándose finalmente como ganador del concurso, además de ser señalado por el fallecido presentador como «el Cantinflas peruano».[4] Fruto de su fama de su faceta cómica, Castellanos se incursiona en la televisión peruana participando en el reparto principal de la comedia Los reyes de la risa de Red Global en 1998, conformando el elenco al lado de los otros humoristas Lorenzo Zubiate «Mondonguito», Kike Suero, Danny Rosales, Héctor Chavarria «Loncherita», César Mori «Puchito», Edwin Aurora y Cachay sin conseguir el éxito.[4]

Tras la cancelación, volvió a trabajar con ellos en el otro formato Los ambulantes de la risa por el canal Panamericana en 1999, contando con la producción de Efraín Aguilar, manteniéndose por dos temporadas consecutivas hasta el año siguiente. Previo a ello, Tripita fue invitado a los programas de entrevistas de Mónica Zevallos durante esa época.[1][2]

Retirado de la televisión, continuó con su carrera artística a inicios de los 2000, participando en presentaciones en su ciudad natal y concursó en el Campeonato de Humoristas en Chile, ocupando el segundo puesto.[7] Vivió sus últimos años en Pisco, donde formó su propia familia, además de atravesar los problemas económicos y el abandono.[7]

En el año 2007 fue detectado con cáncer de ganglios, en el cual afectó en todo su cuerpo y sufrió un cuadro de anemia.[7] Debido a ello, en mayo de 2008 Tripita lanzó una campaña social por su estado de salud a través de la plataforma YouTube.[1] Fue trasladado a su ciudad natal, donde fue llevado de emergencia al Hospital Nacional Daniel Alcides Carrión, siendo internado en unidad de cuidados intensivos.[7] Lamentablemente, Castellanos falleció la noche del 21 de junio de ese año a la edad de 48 años, dejando en la orfandad a sus siete hijos; su último hijo nació meses de su muerte.[3][8] La noticia de su deceso remeció en los medios locales y programas televisivos de la época.[8]

Algunas personalidades como Ernesto Pimentel, Janet Barboza, Luigi Monteghirfo y sus compañeros de elenco Mondonguito y Kike, mostraron las condolencias a la familia Castellanos.[7] Sus restos fueron velados en su antigua casa hasta su entierro en el Cementerio Baquijano del Callao en compañía de fanáticos, amigos y familiares.

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Truganini
Información personal
Nacimiento1812 Ver y modificar los datos en Wikidata
Isla Bruny (Australia) Ver y modificar los datos en Wikidata
Fallecimiento8 de mayo de 1876 Ver y modificar los datos en Wikidata
Hobart (Australia) Ver y modificar los datos en Wikidata
NacionalidadAustraliana
Familia
CónyugeWoureddy Ver y modificar los datos en Wikidata
Información profesional
OcupaciónGuía Ver y modificar los datos en Wikidata

Truganini (Isla Bruny, Tasmania, hacia 1812-Hobart, Tasmania, 8 de mayo de 1876) o Trugernanner fue una mujer aborigen tasmana, considerada tradicionalmente como la última originaria pura, y también última hablante de la lengua originaria de Tasmania en los tres últimos años de su vida. Existen diversas versiones de la transcripción de su nombre, incluyendo: Trugernanna, Trugannini y Trucanini. Aparece también bajo el nombre de Lallah Rookh.

Biografía

Nació hacia 1812 en la isla Bruny (Lunawan-na-Alonna en la lengua aborigen local),[1] en el extremo sureste de Tasmania. Era hija de Mangerner (transcrito también como Mangana), jefe de los habitantes de la isla. Antes de cumplir los 18, su madre había sido asesinada, apuñalada por unos cazadores de ballenas, su primer prometido había muerto ahogado mientras intentaba salvarla de ser raptada, y su hermana, Moorinna, había muerto al poco tiempo de ser raptada.[2] En 1829, se unió a Woorrady.

Cuando el gobernador George Arthur llegó a la Tierra de Van Diemen en 1824, diseñó dos estrategias para acabar con el conflicto entre los colonos y los aborígenes. Por un lado, premió su captura, tanto adultos como niños, y en 1830 estableció una línea de desmarcación, la Línea negra (Black Line), para aislarlos de los colonos. Por otro lado se intentaron establecer contactos con los aborígenes tasmanos que habían sobrevivido a la Guerra negra, a fin de convencerles de que aceptasen vivir en un campamento, Wybalenna Aboriginal Establishment, en la isla de Flinders, al noreste de Tasmania.

La campaña empezó en la isla Bruny donde había habido menos hostilidades que en otras partes de Tasmania. De 1830 a 1834, Truganini y Woorrady acompañaron a George Augustus Robinson, un misionero cristiano, para servirle de guía y de intérprete en sus misiones en territorio originario, convencidos de que esa era la manera de protegerles de la violencia. En 1835, Robinson convenció al jefe Mangerner para que su pueblo fuera trasladado de la isla Bruny a la isla de Flinders, al noreste de Tasmania, a cambio de alimentos, ropa, alojamiento, prometiéndoles que era un asentamiento provisional y que más adelante podrían regresar a su tierra.[3] Truganini y Woorrady fueron trasladados junto con otros 230 originarios,[4] últimos supervivientes de entre los indígenas de Tasmania. Fueron convertidos al cristianismo y Robinson bautizó a Truganini como Lallah Rookh, el nombre de una princesa oriental protagonista de un cuento popular en Inglaterra en aquella época.[3] Robinson esperaba que el aislamiento los salvaría, pero muchos murieron. Truganini pronto se dio cuenta de que las condiciones de vida insalubres en el campamento, unidas al desarraigo de los indígenas y a la propagación de enfermedades europeas contra las que no estaban inmunizados, abocaban el proyecto al fracaso.[5]

En 1838, Robinson fue nombrado Protector de los Aborígenes y fue encargado de crear otro asentamiento para aborígenes en la bahía de Port Phillip, frente a Melbourne, en Australia. En 1839 se llevó a Truganini, junto con Woorrady y otros 14 indígenas, para que le ayudaran a convencer a los aborígenes. Desilusionada por la experiencia tasmana, Truganini se unió a una rebelión de aborígenes que se oponían a los planes de Robinson, y huyó con un grupo de personas que consiguieron escapar del campamento. Vivieron unos dos años en Melbourne y sus alrededores pero, al encontrarse fuera de la ley, acabaron robando a los colonos de la región de Dandenong para sobrevivir, convirtiéndose a la fuerza en bushrangers. Se dirigieron entonces hacia el cabo Paterson donde unos miembros del grupo asesinaron a dos cazadores de ballenas y dispararon e hirieron a algunos colonos. Tras una larga persecución, los responsables de los asesinatos fueron capturados, juzgados y ahorcados en Melbourne en 1841. Se sabe que Truganini fue herida de bala en la cabeza antes de que fuera también juzgada con los demás miembros del grupo y enviada de nuevo a la isla de Flinders en 1842. Woorrady la acompañaba pero murió durante el viaje.[2]

El campamento de Oyster Cove alrededor de 1849, pintura de Charles Edward Stanley (original en la National Library de Australia).

En 1856, Truganini y los últimos 46 supervivientes del campamento de Flinders fueron trasladados a Oyster Cove, al sur de Hobart, desde donde pudo volver a visitar su isla natal. Allí reanudó en parte con el estilo de vida aborigen, recolectando semillas y plantas en el bush, y conchas en el mar. En 1869, sólo seguían con vida en Oyster Cove, ella y William Lanney, o Lanne, también llamado Billy o "King Billy", que falleció en el año.

En 1873 Truganini fue trasladada a Hobart, y hospedada en casa de la familia Dandridge, donde murió tres años más tarde tras solicitar que sus cenizas fueran esparcidas en el canal D'Entrecasteaux. Se organizó un funeral oficial y concurrido, con un féretro que resultó estar vacío:[6] Truganini ya había sido enterrada la víspera en el cementerio de una cárcel de mujeres, la Female Factory de Cascades, un suburbio de Hobart, para poder ser exhumada posteriormente con fines científicos. Dos años más tarde fue desenterrada por la Royal Society of Tasmania y expuesta en el museo. Hubo que esperar hasta abril de 1976, con motivo del centenario de su muerte, para que sus restos fuesen cremados y esparcidos de acuerdo con sus deseos.

En 1997 el Royal Albert Memorial Museum, Exeter, devolvió el collar y el brazalete de Truganini a Tasmania. Muestras de su piel y de su pelo fueron encontradas en el Royal College of Surgeons de Inglaterra, y devueltas a Tasmania en 2002. Se estima que los restos de unos 50.000 originarios tasmanos y australianos quedan en posesión de instituciones médicas y científicas en el mundo.





Tucídides

Tucídides
Información personal
Nombre de nacimientoΘουκυδίδης (Thukydídês)
Nombre en griego antiguoΘουκυδίδης Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacimientoc. 460 a. C.
Antigua Atenas
Fallecimientoc. 396 a. C.
Tracia
SepulturaTomb of Thucydides in Athens Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacionalidadateniense
Lengua maternagriego antiguo
Familia
PadreÓloro Ver y modificar los datos en Wikidata
Información profesional
Ocupaciónhistoriador, político y estratego ateniense
Cargos ocupadosEstratego ateniense (desde 424 a. C., hasta 423 a. C.) Ver y modificar los datos en Wikidata
Lengua literariagriego antiguo
Obras notablesHistoria de la guerra del Peloponeso
Rango militarEstratego Ver y modificar los datos en Wikidata

Tucídides (en griego ático, Θουκυδίδης Thūkydídēs: antigua Atenas, c. 460 a. C.-Tracia, c. 396 a. C.) fue un historiador y militar ateniense. Su obra Historia de la guerra del Peloponeso recuenta la historia de la guerra del siglo V a. C. entre Esparta y Atenas hasta el año 411 a. C. Ha sido considerado, por algunos autores, como el padre de la historiografía científica, debido a sus estrictos estándares de recopilación de pruebas y de sus análisis en términos de causa-efecto sin referencia a la intervención de dioses, tal y como él mismo subraya en su introducción a su obra.[1]

También ha sido considerado el padre de la escuela del realismo político, que valora las relaciones entre las naciones en función de su poder, y no en razón de la justicia.[2] Su texto todavía se estudia en academias militares avanzadas de todo el mundo, y el Diálogo de los melios continúa siendo una importante obra en el estudio de la teoría de las relaciones internacionales.[cita requerida]

El propio Tucídides consideró que el propósito de sus notas era dejar a la posteridad “una posesión para siempre”.[3] El ejemplo más sorprendente del éxito de este proyecto es la distinción entre las diversas causas a corto plazo de la guerra del Peloponeso y sus causas a largo plazo, que se basaban en la rivalidad entre las grandes potencias griegas de la época entre la potencia marítima Atenas y la potencia terrestre Esparta. El Diálogo meliano, que es ejemplar en términos de política de poder, también tiene su propia importancia atemporal.

Biografía

A pesar de su importancia como historiador, se conoce relativamente poco de la vida del propio Tucídides. De hecho, la información más fiable sobre su vida procede de su propia obra, la Historia de la guerra del Peloponeso, en la que expone su nacionalidad, paternidad y localidad de nacimiento. Tucídides nos informa de que luchó en una guerra, contrajo la plaga (probablemente fiebre tifoidea) en Atenas, el año 430 a. C.[4][5] y fue exiliado por la democracia ateniense. Puede que también se hubiese visto involucrado en la guerra de Samos.[6]

Pertenecía a la familia aristocrática de los Filaidas, que produjo figuras famosas en la historia de Atenas como Cimón o Milcíades, vencedor de la batalla de Maratón. El nombre de su padre, Óloro, hace pensar que procedía de Tracia; declara que poseía allí minas de oro en el monte Pangeo (Escapta Hila); por tanto, gozaba de una fortuna considerable. Es muy posible que tuviera a Antifonte de Atenas como maestro, ya que lo alaba en el libro VIII de su Historia de la guerra del Peloponeso.

En el 424 a. C., durante la primera fase de la guerra del Peloponeso, la denominada guerra arquidámica, fue elegido uno de los estrategos de la ciudad de Atenas (cargo no elegido por sorteo) y se le confió el mando de una flota encargada de romper el asedio de Anfípolis, polis de Tracia, conquistada por Atenas trece años antes (437 a. C.). Fracasó en dicho intento, y como la ciudad cayó en manos del general espartano Brásidas, fue condenado al exilio durante veinte años:

Fue mi destino ser un exiliado de mi país durante veinte años tras mi mando en Anfípolis; y, estando presente con ambas partes, y en especial con los peloponesios por causa de mi exilio, tuve tiempo libre para observar los asuntos de manera particular.

Así que este hecho le brindó la oportunidad de obtener una información contrastada y bastante completa, procedente de los dos bandos en conflicto, que utilizó para la composición de la Historia de la guerra del Peloponeso, en la que narra los acontecimientos ocurridos entre el año 431 a. C. y el 411 a. C. Se cree que volvió del exilio al terminar la guerra, aunque algunos investigadores modernos niegan su condición de exiliado,[7] incluso viéndolo como una muestra de una intromisión posterior de Jenofonte en el texto de Tucídides que el mismo Jenofonte continuó en sus Helénicas.[8]

Historiografía

Tucídides ha sido expuesto con frecuencia como modelo del historiador ideal, ya que tuvo que escribir desde un destierro. En cierto sentido su modo de escribir la historia, que él mismo expone al principio de su obra, es la antítesis a la credulidad de Heródoto, al que tildó de mero logógrafo. Propone un libro donde todo sea verdad y utiliza el término sygraphein ('acta'), que establece un contrato con el lector en el que garantiza la veracidad de lo narrado.

No me atreví a escribir lo que realmente sucedió en la guerra basándome en la información de la primera persona con la que me encontré, ni "según mi propia opinión", sino que investigué mis propias experiencias y los relatos de otros con la mayor precisión posible, hasta el último detalle. Esta investigación fue ardua porque los testigos de los hechos no dieron la misma versión de los mismos sucesos, sino que lo hicieron según su propio criterio o memoria.[9]

La forma de escribir historia por tanto está basada en la autopsia, es decir, que solo de la visión directa por uno mismo se puede escribir. Y lo que inspeccionará serán dos tipos de elementos:

  • Logoi: discursos. No realmente lo que dijeron los personajes, sino reconstrucciones aproximadas de lo que pudieron decir.
  • Erga: hechos, acciones. Primero se apoya en lo que han visto los testigos, a quienes interroga hasta estar seguro de lo que en realidad ocurrió; luego se apoya en pruebas jurídicas.

En su obra, escrita con gran rigor, destierra todo elemento anecdótico, literario o fantástico y descarta la intervención divina lo máximo posible, aunque la tenga en cuenta en las motivaciones de los hombres; se esfuerza en encontrar testimonios incluso pagando a testigos presenciales, analiza las causas recientes y lejanas de los hechos y busca las motivaciones objetivas de Atenas o Esparta o las personales de los protagonistas de los hechos en esas ciudades-estado, sus ambiciones y temores, sin ocultar sin embargo su admiración por algunas posturas políticas, y en particular por la figura de Pericles.

Este relato poco poético puede parecer menos agradable de escuchar; pero quien desee comprender claramente lo que ha sido y, por lo tanto, también lo que será en el futuro, que, según la naturaleza humana, volverá a ser lo mismo o similar, puede encontrarlo útil, y eso me bastará: está escrito para conservarlo para siempre, no como una pieza de exhibición para una sola escucha.[10]

Intenta que prime la objetividad, y solo ocasionalmente expone una conclusión acerada, racional y pesimista sobre la historia humana, aunque sea para demostrar su sinrazón. Su análisis de cómo el miedo generado por el ascenso de Atenas empujó a Esparta a una guerra de 27 años ha dado lugar al concepto geopolítico moderno conocido como "Trampa de Tucídides", usado para describir el conflicto entre una potencia establecida y una emergente, y en ello vio el primer impulso de la guerra: "Tengo para mí que la causa más principal y más verdadera, aunque no se dice de palabra, fue el temor que los lacedemonios tuvieron de los atenienses, viéndolos tan pujantes y poderosos en tan breve tiempo".

Adoptó para expresarse un estilo denso y conciso, que luego fue imitado por historiadores romanos como Salustio y Tácito. La recreación del pensamiento y disposición de la ciudadanía a través de discursos compuestos ad hoc es también un rasgo importante.

Fue difícil reproducir textualmente lo que se dijo en los discursos de ambos bandos, tanto durante los preparativos para la guerra como una vez en ella, así como para mis informantes de otros lugares; solo se presentan los discursos tal como creo que cada persona tuvo que hablar en su propia situación, en la conexión más estrecha posible con el significado general de lo que realmente se dijo.[11]

Tucídides emplea entonces un registro heroico y un ejemplo célebre es la oración fúnebre de Pericles, que colma de honores a los difuntos e incluye una defensa de la democracia.

Toda la tierra es sepulcro de hombres ilustres; son honrados no solo con columnas e inscripciones en su propia tierra, sino también en naciones extranjeras con monumentos grabados no en piedra, sino en los corazones y las mentes de los hombres. (Tucídides, Guerra del Peloponeso, II, 43)

Diálogo meliano

En el diálogo meliano, junto con Sun Tzu, tenemos un documento que nos habla de realpolitik, escuela de pensamiento político que antepone el poder a la ética en las relaciones diplomáticas. Atenas desarrolló una política paternalista, sometiendo además a multitud de pueblos, tras las guerras médicas. Terminará siendo sometida por Esparta.[12]

416 a. C., los embajadores atenienses se dirigen a las autoridades de la isla de Melos. Se trata más bien de alcanzar lo posible de acuerdo con lo que unos y otros verdaderamente sentimos, porque vosotros habéis aprendido, igual que lo sabemos nosotros, que en las cuestiones humanas las razones de derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que, en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan.
Tucídides (fragmento)[12]

Perspectivas e influencias filosóficas

El estudioso de clásica estadounidense Paul Shorey llama a Tucídides "un cínico desprovisto de sensibilidad moral". Además, señala que Tucídides concebía la naturaleza humana como estrictamente determinada por el entorno físico y social, junto con los deseos básicos.[13] Francis Cornford fue más matizado: la visión política de Tucídides estaba informada por una visión ética trágica, en la que:

El hombre, aislado y opuesto a la Naturaleza, avanza por un camino estrecho, sin relación con lo que hay más allá e iluminado sólo por unos pocos rayos tenues de la "previsión" humana (γνώμη/gnome), o por los falsos y errantes fuegos de la Esperanza. Lleva dentro de sí, contenido en sí mismo, su destino en su propio carácter: y esto, con los propósitos que de él surgen, moldea su curso. Eso es todo, en opinión de Tucídides, lo que podemos decir: excepto que, de vez en cuando, de la oscuridad circundante surgen los golpes cegadores de la Fortuna, inexplicables e imprevistos.[14]

La obra de Tucídides indica una influencia de las enseñanzas de los sofistas que contribuye sustancialmente al pensamiento y carácter de su Historia.[15] Entre las posibles pruebas se incluyen sus ideas escépticas sobre la justicia y la moralidad.[16] También hay elementos dentro de la Historia, como sus puntos de vista sobre la naturaleza que giran en torno a lo fáctico, lo empírico y lo no antropomórfico, que sugieren que al menos era consciente de los puntos de vista de filósofos como Anaxágoras y Demócrito. También hay evidencia de su conocimiento sobre algunos de los corpora de escritos médicos hipocráticos.[17]

Tucídides estaba especialmente interesado en la relación entre la inteligencia y el juicio humanos,[18] la fortuna y la necesidad,[19] y la idea de que la historia es demasiado irracional e incalculable para predecirla.[20]

Así pues, en constante agitación, muchas dificultades azotaron las ciudades, como sucede y seguirá sucediendo mientras la naturaleza humana permanezca inmutable, aunque de forma más o menos dañina y siempre distinta, según lo dicten las circunstancias cambiantes. Pues en la paz y la prosperidad, la mentalidad de los individuos y de las naciones enteras es mejor, porque ninguna necesidad impuesta los oprime; pero la guerra, que elimina la vida fácil de la existencia cotidiana, es una maestra violenta y agudiza las pasiones de las masas en función del momento.[


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